jueves 8 de diciembre de 2011

Onibaba (Kaneto Shindo, 1964) la cumbre del terror japonés



 SINOPSIS: "En el Japón medieval, una mujer y su suegra esperan la vuelta del frente de un guerrero. Sobreviven engañando a los soldados perdidos en los campos, a los que asesinan para luego vender sus pertenencias, hasta que la mujer decide no esperar más a su marido y tener un romance con otro hombre. Una máscara de un demonio y su diabólica suegra se encargarán de evitarlo."


 Desde la primera vez que la vi, Onibaba se convirtió automáticamente en una de mis películas favoritas de todos los tiempos y estoy convencido que le pasa a todo aquel que se acerca a esta obra de arte. Se trata de una de esas películas que cada vez que ves parece distinta, aunque el único cambio es, en realidad, el que va experimentando uno mismo conforme pasan los años y difiere su forma de ver el cine y la vida.


Folclore, miedo y represión


 Como muchos sabréis, se trata de un film muy conocido y copiado que quizás haya quedado algo relegado ante las más conocidas "Kwaidan" (Masaki Kobayashi, 1964) o "Jigoku" (Nobuo Nakagawa),  sendas obras maestras del Kaidan Eiga más puro (al que pronto dedicaré un especial) que, a pesar de su genialidad, carecen de ese ambiente postapocalíptico medieval de ésta. No hay que olvidar que Shindo era hasta entonces un director bastante minoritario cuyo film "La isla desnuda" (1960) había fascinado a la crítica de medio mundo pero no acababa de llegar al gran público. 


 Con todo ello, "Onibaba" es una mezcla de géneros que no se adhiere a una época ni a un estilo concreto; no hay apenas referencias más allá de la ambientación al contexto de esos años y buena parte de la cinta está plagada de momentos cotidianos en el que la única tensión se produce entre las miradas furtivas que se intercambian las dos protagonistas, obligadas a convivir y sobrevivir quitando la vida a los soldados que, huyendo de la guerra, se dejan caer en sus redes. En cierta forma estas dos campesinas son seres humanos demonizados, que han olvidado su humanidad, precisamente la joven, la que aún no está tan curtida en la vida, es la que curiosea y empieza a coquetar de nuevo con la vida con cierta tensión erótica propia de aquel que va descubriendo su propia naturaleza y juventud, contrastada con la mirada de reprobación de la anciana, sumida en un estado casi narcoléptico entre el egoismo y la soledad, hace lo imposible por impedir que la joven mujer la abandone. No en balde, la palabra "Oni" hace referencia a demonio, mientras que "Baba" es vieja.


 Aunque se podría definir sencillamente como "una exploración sobre la sexualidad humana en un desolado escenario de postguerra", algo muy en la línea de Kaneto Shindo, los elementos sobrenaturales que introduce, soterrados en la propia ambientación, la llevan mucho más allá en cuanto a significados y metáforas, como la máscara demoniaca que utiliza la suegra para reprimir a su nuera y evitar que esta se entregue a los placeres de la carne de un hombre que no es su marido, quien más que probablemente haya muerto en la guerra.
 Este cuento de horror repleto de metáforas habla sobre la represión social y sexual, sobre la castidad humana en clave de fábula demoniaca. Y además lo hace formalmente con un uso exquisito de los escenarios naturales, que son en si mismos un personaje más, y no lo digo gratuitamente; el escenario repleto de juncos y trampas escondidas en que estas dos mujeres se mueven respira por si mismo y siembra durante todo el metraje un halo fantasmagórico. Ese ambiente consigue rodearnos  e introducirnos sin darnos cuenta, porque lo que precisamente no es Onibaba es explícita. Toda la película juega con metáforas visuales (el hoyo en que "introducen" a los soldados asesinados) como argumentales (la máscara de demonio que se pega a la carne del que la lleva puesta). El ambiente sonoro también contribuye a este carnaval, con un recurrente tema de tambores que resuena a lo largo de la cinta y que queda grabado en el subconsciente como una advertencia tribal. Este uso del folclore japonés más primitivo, con máscaras y leyendas sobrevuela la cinta pero curiosamente, en ningún momento hay fantasmas ni demonios como en otras producciones de terror sino que los demonios son los seres humanos, una impresión que queda reflejada en una de las frases de la anciana: "No soy un demonio, soy un ser humano".


A propósito de Kaneto Shindo


 Kaneto Shindo es, con permiso de Manoel de Oliveira, el cineasta más longevo en activo, con 99 años. Curiosamente su última película hasta la fecha, "Postcard" (2011)  sigue tratando los mismos temas de posguerra que en su juventud; la deshumanización de la guerra, el abandono y el miedo como reflejo de los traumas que él mismo debió sufrir tras la derrota de Japón en la segunda guerra mundial.
 A pesar de que "Onibaba" y "Kuroneko (el gato negro, 1968) sean sus películas más conocidas, Shindo no es un autor de cine de terror y en realidad aunque estas dos comentadas puedan adscribirse a ese género, en realidad son dos cintas únicas e inclasificables, especialmente la que nos ocupa. En cuanto a otros géneros y aparte de la comentada "La isla desnuda", recomiendo "Los niños de Hiroshima" (1952), la película por la que empezó a ser conocido internacionalmente. Shindo tocó casi todas las facetas cinematográficas, fue director artístico y productor pero sobre todo escritor; no obstante, sorprenderá a muchos que fuese el guionista de la película de Hachiko, que más tarde se convertiría en remake con Richard Gere en "Siempre a tu lado" (por cierto, ¿cuántas películas hay con ese título?) o también de alguna de las correrías del personaje Zatoichi.


 En definitiva, la figura de Shindo siempre ha estado a la zaga de los grandes como Kurosawa o Mizoguchi, y es que su estilo no es, a grandes rasgos, apto para todo tipo de espectadores, algo que, sin ánimo de menospreciar a nadie, es todo un logro.


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